sábado, 24 de noviembre de 2018

REEDICIÓN

Reedición de esta novela corta publicada por primera vez en 1998.

(Distribuida en colaboración con la Fundación Huerta de San Antonio, entidad sin ánimo de lucro que está restaurando una iglesia en Úbeda para uso cultural y a la que irán destinados los beneficios de la venta.)

Posibilidad de recibir su ejemplar dedicado por el autor si así nos lo indica.

Puede hacer su pedido en interrogante.editorial@gmail.com

Existencias limitadas.
PVP: 14 euros (gastos de envío para España incluidos)

El protagonista de esta novela acaba de cumplir 16 años y exhibe todo el catálogo adolescente de confusiones, de contradicciones, de caprichos, de suficiencia y de pensamientos inestables.
Pastillero, sexoadicto, motero vocacional y poeta falso, nos irá contando en primera persona las peculiaridades de su familia: un padre psicoanalista y obsesionado con el coleccionismo de monedas, una madre que es pintora surrealista y que colecciona figuras de ranas, un hermano que toca la batería en grupos heavy y que colecciona novias y chapas de botella, una hermana que colecciona amigos por correspondencia y un primo de 13 años que fuma sin parar y que escribe relatos de terror.

FRAGMENTO DEL PRIMER CAPÍTULO:


Un día se parece a otro día en la misma medida en que un astronauta tuerto se parece a un astronauta bizco.
            Un astronauta bizco ve muchas estrellas y asteroides (nadie lo niega), pero el astronauta tuerto ve las mismas estrellas y los mismos asteroides que el astronauta bizco. De lo cual se deduce que da igual ser bizco que tuerto, sobre todo si eres astronauta.
            De todas formas, ayer fue un día especialmente extraño para mí: un astronauta bizco, tuerto y con un meteorito incrustado en la frente. Porque me notaba raro. Con una sensación general de fiebre pensativa.
            Me había pasado la noche entera soñando que estaba en el iglú de un esquimal, bebiendo licor de foca y oyendo leyendas deprimentes de esquimales alérgicos a la nieve y al pescado.
            Durante todo el día, tuve la sensación de seguir en el iglú.
            Porque fue un día más raro de lo normal.
            Un día complicado.
            El de ayer.
            "Eh, tú, ¿qué pasó? ¿Filosofaste más de la cuenta y se te puso la cabeza al rojo vivo o simplemente tenías una resaca de muerte?", me preguntaréis, deseosos de obtener información de primera mano.
            Nada de eso: ayer cumplí un año más.
            Y no hubo tarta, como es lógico, porque las tartas con 16 velas ya no parecen tartas, sino pistas de aterrizaje.
            Hace dos años, por cierto, que no tengo tarta, porque se trata por lo visto de ir perdiendo privilegios básicos, en parte porque te haces mayor y en parte porque tu cabeza se pone por dentro bastante complicada.
            (Si llega el día de tu cumpleaños y ves que no hay tarta por ninguna parte, ya sabes lo que eso significa: que tus padres han comenzado a cogerte miedo.)
            Cuando eres un pequeño ludópata que aún habla durante horas con muñecos de plástico, la Naturaleza te quita los dientes, para que vayas aprendiendo a convertirte en un monstruo. Pero luego, de manera inesperada, la Naturaleza te da unos dientes nuevos, y muy blancos por lo general. Pero, un poco más tarde, la Sociedad te quita las tartas de cumpleaños.  
            "¿Qué clase de ecuación es esa?", os preguntaréis.     
            No soy lo que se dice un experto en ecuaciones, ni espero serlo nunca (porque no me entusiasman los enigmas asombrosos que conducen a misterios mareantes), pero las cosas vienen a resultar más o menos de este modo: te dan tarta cuando tienes unos dientes provisionales y te quitan la tarta cuando tienes unos dientes definitivos.
            (¿El resultado de la ecuación? Pues supongo que algo muy parecido a multiplicar un 0 por menos 0 y luego darle una patada en la boca.)
            Por cierto: si has cumplido 16 años, no se te ocurra perder un solo diente, porque la Naturaleza ya no te dará más dientes. Puedes pedirle otros dientes a gritos, pero llega un momento en que la Naturaleza decide hacerse la sorda con respecto al asunto de los dientes.
            "¿Y qué más da no tener dientes, si existen montones de dentistas?"
            No es lo mismo del todo. Si te quedas sin dientes, en principio no podrás reírte de nadie, porque una risa sin dientes o de dientes postizos es demasiado cómica y resulta muy desconcertante el hecho de que un tipo se ría de ti cuando intentas reírte de él.
            (Tan desconcertante como huir de un perro rabioso y darte cuenta de que el perro rabioso del que huyes eres tú: un perro rabioso sin dientes.)
            Las viejas tartas de cumpleaños, en fin, con sus velas retorcidas, como de candelabro de la tumba de Drácula...
            De todas formas, cuando cumples 16 años la verdad es que sólo te apetecería que te regalaran una tarta gigante de la que saliese por sorpresa una bailarina con tetas de gelatina y en tanga (o sin tanga).
            ¿Quiere esto decir que las tartas me gustan? No. Pero me gustaba que me regalasen tartas, porque las tartas significan protección, a pesar de que las tartas suelan ser porquería. Me gustaba saber que las tartas estaban ahí, año tras año. Tartas casi venenosas, con mucho merengue. (Pero con su significado de protección. De respeto por el avance de tu vida.)
            Y creo que ha llegado la hora inevitable de imitar durante unos segundos a los mejores filósofos de las épocas ancestrales: “El Tiempo avanza hacia la Nada. Y nosotros estamos hecho de Tiempo. De manera que vamos como cohetes pirados hacia la Nada. Por culpa del Tiempo”.
            "Eh, tú, ¿qué complicada clase de basura es todo eso?" No estoy seguro. Lo único que sé es que de la filosofía no puede salir nada bueno para ninguno de nosotros: apenas un poco de pesimismo gamma ante el futuro equis. (El futuro es siempre equis, y la gamma es un misterio.)
            (Así funcionan los filósofos.)
            16.
            Sin tarta. Sin moto. 
            (...)




miércoles, 25 de julio de 2018

RAFAEL DE PAULA



AGOTADO
(Se admiten reservas para una reimpresión)
 
Reedición del libro RAFAEL DE PAULA, de Felipe Benítez Reyes, un ensayo publicado hace ahora 30 años que estaba descatalogado y muy buscado por coleccionistas.

Nuestra edición consta de 120 ejemplares firmados por el autor, lleva un prólogo de Carlos Marzal, una nota inédita del autor y está ilustrada con dibujos de Pedro Serna.

"Nunca he sido aficionado a los toros -a pesar de que mi padre, en su juventud, tomó la decisión aventurera de meterse a empresario taurino y viví por dentro ese pintoresco submundo desde niño-, pero me encargaron este libro sobre un torero que representó una extrañísima anomalía dentro de la tauromaquia y acepté el reto de desentrañar una personalidad misteriosamente impredecible. No sé si acerté a dar algunas claves, o al menos unas pistas, sobre él, ya que es posible que ni él las conociese", según declaraciones del autor.



La reserva puede hacerla en el correo interrogante.editorial@gmail.com


El PVP es de 15 euros, gastos de envío para España incluidos.

Características técnicas:

Formato: 11,5 x 17

104 páginas

10 dibujos inéditos de Pedro Serna

Impreso en papel Conqueror verjurado de 100 gramos

Cartulina de 220 gramos, con solapas, impresa a dos tintas